Apresurando entonces el paso, tratando de no mirar una vez más el reloj, que muestra que de nuevo no se llegará a tiempo, por fin logra escaparse del absurdo y resplandeciente sol que a una hora tan temprana aparece. Hoy el saludo tendrá que ser con la mirada baja, para tratar de pasar desapercibido, evitando a todos, ojalá convirtiéndolo en invisible; lo logra y sonrie para si mismo al creerse ganador en su juego, donde solo hay un participante. Pero su vana felicidad dura menos de dos segundos, termina al ingresar a su oficina y volver a aparecer al mundo, compuesto ahora por otras pocas personas más, tres o cuatro a lo sumo, que acompañaran su largo y ahora frio día, personas a las que aunque para siempre será inivisbe, esta ves si saludará mirando a los ojos, pero con menos importancia que antes.
Durará pocos minutos, o quiza no se sentiran las horas, que usará para traer recuerdos, algunos lejanos, otros con solo un día o menos de antigüedad, pero igual vanos recuerdos, que tratan de prolongar un poco el inicio de la responsabilidad cotidiana. Por fin una palabra cerca, o el telefono al timbrar, o quizá un nuevo mensaje, logran terminar con la no acostumbrada, sino inconciente penumbra mental en la que cada siempre caé , dá comienzo así a un nuevo e igual día.